Amelia Las rebajas
Mar 02

 

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Que alegría ¡ay! Abrazar alguien a quien hace mucho que no tocas, olerle el pelo.

 

Y qué pena, qué tristeza, cuando alguien a quien amas te da la espalda y se va al otro extremo de la cama, y ya no le encuentras el pie.

 

Hay peores torturas en el mundo, pero esa, debería estar

entre las diez primeras. Por el dolor tan agudo que inflige en cuestión de milímetros.

 

Estas cosas que escribo, parecen tonterías.

 

Parece tontería, recordar

 

las piedras ardiendo bajo los pies, el fango fino del río, en el que chispeó, de pronto, una culebra.

 

Cuando caí, desde la bicicleta, al matorral de ortigas, y el veneno me hacía verlo todo del revés.

 

El agua azul sobre la frente en la Isla de Comino, después de una severa insolación. El tacto de las sábanas heladas, cuando el cuerpo quemado por el sol, se introdujo en ellas.

 

Sí, esto es poesía para tontos.

 

Cuando le tiré una pelota de gomaespuma al cerdo, y se la tragó entera, y yo le metí la mano en la boca para sacársela, y le toqué la lengua.

 

El frío a la sombra en la casa de Bodón, las telarañas del desván en la cara, y un tarro, allí, de vaselina para labios, su superficie ondulante, el relieve de las letras doradas.

 

La gente no quiere tener responsabilidad en el infierno de las personas, su filosofía es,

mejor no tocar.

 

Pero ¡oídme! Esto pienso: tenemos un compromiso con la alegría de las criaturas.

 

Sí, sí, lo digo con el dedo en alto.

 

Manolo García,

vas cantando por ahí “te quiero tanto, me tengo que ir”.

 

Y “qué solo estoy, voy hacia casa, nadie me espera”

 

¡Ja!

One Response to “Nadie me espera”

  1. Teresa Says:

    Susana, jaloviu

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