Los amántopos Clase de botánica
Ene 18

 

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En las cocinas de los pisos compartidos desaparecen los huevos, el pan, el chocolate y muchas veces desaparece también el último inquilino sin dar explicaciones. De un día a otro pasas a compartir la intimidad con un extraño, es decir, tienes que toparte en albornoz y saliendo de la ducha a alguien a quien solo dirías “buenos días” por la calle. También tienes que verle llorar, escuchar sus peleas de trabajo, enamorarse, desenamorarse, enfermar, cantar, quemar las lentejas y abrirle la puerta si olvidó las llaves.

 

 

 

 

 

 

Compañeros de piso

 

Los pisos compartidos, a medio camino entre domicilio familiar y pensión eventual, se han convertido en una alternativa habitual de residencia para los que no quieren o no pueden vivir solos.  Compartir gastos para llegar a fin de mes o poder conversar sobre los acontecimientos del día en calcetines y bata de andar por casa son los diferentes motivos que llevan a cuatro, cinco o a veces seis personas a compartir buzón y lavadora.

 

Yo misma he compartido piso con un muestrario de personas no sé si representativo de lo que puebla el interior de los pisos de alquiler: un estudiante erasmus italiano, una diseñadora torres para molinos de viento, un pintor de naturalezas muertas, un historiador que se enfrentaba la tarea de planchar camisas pimplándose una botella entera de champán, un extraño prototipo de síndrome de Diógenes que acumulaba tarrinas vacías de yogur, una francesa adorable que incendió la cocina por despiste e incluso tengo el honor de haber compartido residencia con el nieto del inventor del cascanueces, cuya familia entera en tercera generación  vive todavía de los ingresos de del susodicho invento.

 

Un elemento común a toda la fauna que ocupa los pisos compartidos es la provisionalidad. Puedes encontrar una mañana a un contorsionista de Sumatra en tu cocina y al día siguiente ya no. El sobreentendido de que todo es transitorio hace que no se arregle la nevera, no se cambie la funda al sofá, no se cambie la bombilla de la lámpara del pasillo. Aunque los niveles de dejadez pueden llegar a producir cierto desconsuelo, el desorden transitorio propicia la aparición de momentos vitales espontáneos como esa fiesta que se formó en el salón el mismo día en que te atacó un fuerte dolor de muelas.

 

En las cocinas de los pisos compartidos desaparecen los huevos, el pan, el chocolate y muchas veces desaparece también el último inquilino sin dar explicaciones. De un día a otro pasas a compartir la intimidad con un extraño, es decir, tienes que toparte en albornoz y saliendo de la ducha a alguien a quien solo dirías “buenos días” por la calle. También tienes que verle llorar, escuchar sus peleas de trabajo, enamorarse, desenamorarse, enfermar, cantar, quemar las lentejas y abrirle la puerta si olvidó las llaves.

 

Los turnos de limpieza se han convertido en un motivo de discusión habitual en los pisos compartidos: nunca se llegará a un modo realmente justo de limpiar mientras en la tierra existan diferentes concepciones de la palabra “limpio”. Otro recurrente son los cien mil botes diferentes de champú, los armarios separados por estantes, la sobreexplotación de la cafetera, las torres de cacharros sin fregar y los mensajes en post-it. “No queremos escritores de neveras” decía uno de los anuncios que consulté para buscar piso “Los insultos a la cara”. Y es que por muy concienzudos que sean los procesos de selección (se busca compañero no fumador, que baile la conga, haga taichi y cocine al vapor) nada asegura que no se desencadene la tragedia o el romance entre habitaciones contiguas.

 

Una de mis últimas compañeras de piso podía detectar con sus mandíbulas la presencia de vibraciones espectrales en el piso. Porque además, en todos los pisos compartidos que se precie siempre ha habitado un fantasma que cambiaba las cosas de lugar. “Nunca saber donde puedes terminar o empezar”, cantaba mi amiga, mientras arrastraba el colchón hacia un lugar donde no hubiera vibraciones.  Imposible saber cómo ahuyentar nuestros fantasmas pero entretanto, mejor compartir risa, lágrima y café acompañado.

 

5 Responses to “Compañeros de piso”

  1. silvia Says:

    ¡Qué recuerdos me han venido! Después de tantos fenómenos extraños, berrinches, carcajadas, lágrimas… Si tuviera que volver a vivir sola, buscaría un piso compartido para compartir la soledad.

  2. Susana Says:

    Muchas gracias por el comentario, Silvia. Un abrazo.Susana

  3. Aletheia Says:

    Preci(o)so y genial. Llevo tiempo siguiendo tu página, repasando el año pasado con delicia, esperando algo para Enero.
    También me enteré que presentabas “Lo amántopos”, pero no estaba en León, y me dio mucha rabia. Espero que fuese bien.
    Tal vez en algún momento tenga más capacidad de precisión, de momento un saludo desde la lectura habitual.

  4. Aletheia Says:

    Preci(o)so y genial. Llevo tiempo siguiendo tu página, repasando el año pasado con delicia, esperando algo para Enero.
    También me enteré de que presentabas “Lo amántopos”, pero no estaba en León, y me dio mucha rabia. Espero que fuese bien.
    Tal vez en algún momento tenga más capacidad de precisión, de momento un saludo desde la lectura habitual.
    [El anterior contiene un queísmo *_*]

  5. Lidia Says:

    Susi, ¡como me suenan todas esas historias!! las ajenas y otras que pudieran ser propias

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