
Gustav Klimt, Neue Galerie, New York
“Ya se demostró hace tiempo que la mujer no es un animal, salvo que haya una onza de chocolate de por medio. Que para ser mujer habría que tener límites al norte, al sur y al noroeste y que la mujer no tiene tiempo para eso, que no entra nunca bien el suéter, porque entre otras cosas, la evolución desarrolló mecanismos expansivos para la inteligencia, no podía ser cuestión de concentrarlo todo en un cráneo de seiscientos centímetros cúbicos y no salir jamás de ahí, a oler el parque. Demonios, qué palabra rara, mujer, cómo se me escapa. ¿Será por eso, por qué sino, la obsesión artística de los hombres por situar los límites de lo femenino, imprimir mapas de anatomía y clasificarlos como fósiles que contradigan la movilidad perpetua, húmeda, irritante si se quiere para una piedra, de lo vivo? Yo no sabía que era mujer hasta que alguien me lo dijo. Caramba, qué susto. Todas esas colecciones de desnudos de señoritas abiertas de patas en los bocetos a lápiz de la Neu Galerie. Los turistas observan, con aire solemne, oh. Siendo yo mujer o avestruz de la Patagonia, haber pagado quince dólares, para ver esto. ¿Arte? Por favor, para mí una horchata chufi.”