“El común de los mortales acepta generalmente que la suerte es caprichosa y la voluntad del hombre tiene libertad para decidir, en el último momento, hacia dónde quiere ir. Pero desde el punto de vista del fatalista, los sistemas sólo pueden evolucionar de un modo: del peor posible. La fatalidad no es un producto negativo del azar, o un contra-azar, sino un sentido inequívoco de destino: el de ir, gradualmente, hacia lo todavía peor”.
Columna de opinión, Café con luz, Revista ON
Peor imposible
Recientemente me encontré a un amigo al que al preguntarle por cómo le iba me contestó con un desconcertante “peor imposible, gracias a dios”. No sólo habían comenzado a aparecerle terribles calvas desde que le anunciaron que su puesto de empleo iba a desaparecer, sino que además acababan de detectarle una infección de encías que significaba que le iban a quitar toda la dentadura desde la raíz, se le había desencajado la prótesis y había echado a perder una relación con la novia a la que más quería después de hacer caso omiso al ultimátum con el que ella le exhortó: “al menos por una vez, recoge tú el escurreplatos.” ¿Y qué vas a hacer ahora? le pregunté, alarmada por tanta acumulación de infortunio. “Nada”, me contestó, con una extraña pose de alivio, como si en el fondo se alegrara de que por fin se confirmara, como venía sospechando desde hacía tiempo, que el único final que cabía esperar era precisamente ese, el peor posible.
El sentido de lo fatal, es decir, el fatalismo, es la percepción de que todo, absolutamente todo, está mal desde el principio y va a terminar del peor modo posible, es decir, rematadamente mal. Esta creencia, común a muchos individuos y culturas, no debe confundirse con el pesimismo. El pesimismo es la actitud de los que todavía creen que puede existir algo mejor y que aún hay esperanza. Para los fatalistas, el fin último del hombre es el fracaso, que viene a ser lo mismo que el fondo del agujero, al cual es mejor llegar cuanto antes y a poder ser rápido, para ahorrarse la agonía de la espera.
El común de los mortales acepta generalmente que la suerte es caprichosa y la voluntad del hombre tiene libertad para decidir, en el último momento, hacia dónde quiere ir. Pero desde el punto de vista del fatalista, los sistemas sólo pueden evolucionar de un modo: del peor posible. La fatalidad no es un producto negativo del azar, o un contra-azar, sino un sentido inequívoco de destino: el de ir, gradualmente, hacia lo todavía peor. Es fácil reconocer una conversación entre dos fatalistas puros, suele limitarse a un intercambio de datos que demuestran cómo de mal van las cosas, en una especie de competición de desgracias y de ratificación mutua de la idea de vida como terrible desventura.
A base de golpear la esperanza contra las piedras, el fatalista alcanza ese de incredulidad y descreimiento que le permite desarrollar, por otro lado, una obcecación asombrosa para llevar a cabo las empresas más absurdas. Esta teoría serviría para explicar, por ejemplo, el arte de entreguerras, el empeño del primer fakir que quiso demostrar que se pueden tragar bombillas y la actitud de los músicos del famoso Titanic, que se animaron a tocar un vals de entrada en mitad del hundimiento.
Perpetuar la idea de fatalidad es el destino trágico del fatalista, que una vez que ha vislumbrado el verdadero fin de todas sus acciones, sólo le queda convencer a los demás de la irrefutable ley del fatalismo. No hay más que abrir un libro de historia para ver cómo el carácter de los pueblos se configura en torno a tal o cual fatalidad de adherencia compartida, a la que se levanta un mausoleo cuya presencia en los catálogos de turismo perpetúe la siguiente generación de fatalistas. “Adiós, amigo”, le dije a X al despedirme, “¡Y ánimo, ya verás como pronto empeoran más las cosas!”
Diciembre 3rd, 2009 at 13:43
vaya con el spam, menuda fatalidad no poder ver publicado este mensaje. Yo iba de cisne blanco y me quedé en cisne negro. La memoria popular sólo se acuerda de los grandes éxitos (el héroe que sobrevivió indemne a la colina de la hamburguesa) o los grandes fracasos (uno que le cayó un aerolito de la Pam Air paseando por cuenca, o cuando trompeta, el perro de Tali y Hermitas quedó mudo al ver un ovni).