
Ha llegado el otoño al Café del Pájaro Cantor…
Reportaje de boda
Columna de opinión, Revista ON, Diario de Noticias
Ha llegado el otoño al viejo parque de la ciudad y las perspectivas desde el Café del pájaro cantor son inmejorables: laguna con lentejas de agua verde azules, puente de estilo victoriano, barquichuelas con parejas de enamorados, pescadores de carpas, y nuevos bebés gargoleantes, todo con el telón de fondo de las consabidas hojas rojas de la temporada. En mitad del puente se ha colocado una pintoresca comitiva de boda posando para lo que parece, en principio, un reportaje de boda al más puro estilo romántico ahumado-difuminado, estampa que va siendo cada vez más familiar en todos los parques con pérgola, rueda de molino, arco románico, viñedo y rosal sin pinchos de nuestro paisaje, atrezzo básico para todo reportaje de categoría que se precie.
La novia luce un fabuloso vestido de corte palabra de honor y un velo que puede reutilizar para hacer las cortinas de su futura casa y por qué no, un atrapamoscas con manguito. El fotógrafo (uno de los cinco que la persiguen para que radiografiarla en todas las perspectivas) le pide que baje la escalinata del puente abriendo los brazos y haciendo volar el tul que rodea su tocado, mientras inclina diez grados la barbilla y dice “¡Ah!” mostrando seguridad de sí misma a la par que indefensión contra los bichitos del césped. Para conseguir la composición perfecta, el novio tiene que ponerse de cuclillas y coger la patita del perro, que han ataviado para la ocasión con pajarita, mientras le susurra al oído que está enamorado de la apabullante muchacha. El perro, por supuesto, se limita a mirar a las ardillas y relamerse la baba, indiferente al apocalíptico triunfo del amor.
Todos los que estamos en el café nos dejamos seducir por el guión fotográfico que se nos ha puesto en el campo visual y nos ensimismamos con el alarde de creatividad del que parece ser, el jefe del poblado de teleobjetivos nikon. Ahora pide a la novia que haciendo la pose de la grulla almibarada en celo, lance un gritito de admiración y coloque la pierna a altura del entrecejo del novio, que ha de simular que sale de la espesa fronda de arbustos para atrapar a su hembra después de vencer al dragón de Comodo.
Es el amor, qué duda cabe. Hasta el pescador de carpas se ha conmovido y ha devuelto al agua el último pececillo, que inspirado también por la balada otoñal, nos dedica un coleteo plateado al auditorio. El director de la sinfonía fotográfica revisa las tomas y opina que es suficiente, haciendo señas a las raciones de fritos de las mesas. El novio enciende un cigarro y se va al baño, mientras la novia se arremanga el vestido, dejando ver unos vaqueros viejos por debajo y se queda sola y ensimismada, pensando quizá que es una pena utilizar el tul de atrapamoscas. La barquichuela de turistas se empotra contra el malecón. El perro se arranca la pajarita arrascándose con la pata. Me ha caído un mosquito en la café. Ha llegado el otoño al Café del Pájaro cantor.