
Seguro que Ud. se ha visto envuelto antes o después en alguna mudanza, esa operación a corazón abierto en los armarios por las que cambiamos las cosas de un lugar a otro. Pues bien, en realidad son ellas, las cosas, las que hacen mudanza de nosotros.
Columna de opinión, Revista ON, Diario de Noticias-DEIA
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21 kilos de equipaje es el límite que un viajero puede facturar y llevar en el avión según lo establecido en las normativas de las compañías aéreas. Puede que parezca poco, sobre todo si pretendemos cubrir todo el abanico de situaciones imprevistas que pueden suceder en un viaje: que te ataque la tarántula del orinoco, que sufras de un repentino dolor de muelas, o que un frente polar barra la península en pleno agosto, para lo que vendría tan bien ese jersey de borreguillo que lleva apolillado desde los años cincuenta en el cajón.
Sin embargo, un peso al que no se hace referencia en las normativas aeroportuarias es el peso del alma, cuestión nada trivial siendo que todo el mundo sabe lo que levanta un avión del suelo es la fe. Para algunos, el alma pesa exactamente 21 gramos, que es el peso que pierde un cuerpo instantes después de morir. Independientemente de cuál sea la cantidad precisa, lo cierto es que el peso invisible de los recuerdos, la culpa, el deseo o la ilusión pueden ser inmensos, tanto como para conseguir parar un tren, un avión o un país entero.
La mecánica de un ser humano no se diferencia mucho de la de un barco de mercancías. Su cuerpo avanza siempre y cuando el peso que lleva en las bodegas no sea demasiado como para hundirlo. Conforme el barco se hace viejo y recorre más kilómetros, el peso puede llegar a ser tan enorme que encalla. Es entonces cuando se queda varado en mitad de donde esté, y ya no avanza. Así, los corazones van acumulando peso invisible y un buen día ya no pueden continuar hacia delante, porque han naufragado para siempre en aquello que aman.
Seguro que Ud. se ha visto envuelto antes o después en alguna mudanza, esa operación a corazón abierto en los armarios por las que cambiamos las cosas de un lugar a otro. Pues bien, en realidad son ellas, las cosas, las que hacen mudanza de nosotros. Los objetos tienen esa peculiar manía de ser absolutamente infieles, abandonaros sin miramientos y florecer como nuevos en casa de cualquier amigo o familiar al que prestaste aquel libro favorito que no volvió nunca más a ti. Entre los artículos más infieles, las llaves, los calcetines, y los billetes de cincuenta, que cambian de mano sin previo aviso. Pero inexplicablemente, algunas otras cosas se empeñan en acompañarnos y no dejarnos nunca solos, y suelen ser las más insignificantes: el diente de leche de cuando tenías cinco años, una taza rota, la postal que te escribió una niña de siete años. Piense por ejemplo, en esa sartén vieja a la que se pegan los huevos fritos, que está usted deseando tirar y sin embargo aparece una y otra vez en su cocina. ¿Por qué? No lo dude: es la sartén, que no quiere alejarse de usted.
El mundo nos utiliza para hacer su mudanza de materia. En el fondo no nos diferenciamos mucho de un conjunto de hormiguitas perdidas en el trajín infame de llevar y traer cosas. De mi abuela, por ejemplo, llegaron hasta mí sus agujas de tejer sacos de patatas. Unas agujas de hierro, de casi 10 centímetro de largas, con un ojo por el que cabría no solo un camello, sin toda una caravana. Estas agujas me acompañan siempre como un amuleto de significado incomprensible para mí, y que intuyo que quieren recordarme que hay cosas que conviene dejar bien cosidas antes de hacer ningún viaje, no sea que llegues a tu destino con el saco vacío y dejando por todo rastro un patatal.
Agosto 23rd, 2009 at 21:57
Genial.
Agosto 25th, 2009 at 19:20
Qué suerte que también las palabras insisten en pegarse a nosotros allí donde vamos. Qué haría yo sin tus libélulas volando conmigo…
Agosto 27th, 2009 at 16:53
A mi me acompaña siempre mi mujer, Tere.
Siempre está ahí.A miu lado.
Pd. ¿quien es Tonix? ¿pregunta a Beatriz Carcamo?
Septiembre 5th, 2009 at 18:11
Y ¿dónde irán esos miles de maletas que los aviones dispersan por el espacio aéreo mientras los viajeros esperantes en tierra reclaman los trapicos de algodón con los que cubrirse al día siguiente? Quien no se haya visto en una de éstas, que levante la mano.
Susana, cada día eres mejor!!!!!!!!!