Horas previas a la fiesta Verano de locas
Ago 21

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Otra característica del limbo de verano es que en él la realidad no pesa, el recuerdo de la rutina se diluye, uno se encuentra a medio camino entre el final de algo y el principio de lo siguiente, y ligero de equipaje, siente que se libera de la carga mientras sus maletas esperan amontonadas a que algo se decida o se resuelva, en el mismo estado de indeterminación que el que mira al cielo temiendo una granizada que eche a perder los tomates.

 

Columna de opinión, Diario de Noticias-DEIA

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Uno de los efectos colaterales del ajetreo veraniego es la proliferación de los no-lugares, esos sitios en los que todos están de paso y nadie permanece más que lo indispensable, como la zona de embarque de los aeropuertos, las recepciones de los hoteles, y las salas de urgencias de sitios con nombre tan poco memorable como Rabanal de la Chancla o Sofoquillo del Melonar para luchar contra una indigestión de huevos duros.

 

El limbo, ese lugar de localización imprecisa, plano como todo mundo donde viven las ideas, fue recreado con especial énfasis por nuestro imaginario religioso más reciente, que lo destinó como residencia de las almas de aquellos niños que morían sin ser bautizados y sin poder librarse del pecado original, y que debido a esta paradoja de las imperfectas leyes divinas no podían ir ni al cielo ni al infierno.

 

A ese limbo, situado a medio camino entre el cielo del sofá de nuestra casa y el infierno de pedir una ración de chopitos en primera línea de playa, recuerdan también las estaciones de servicio de las autopistas, como esa que se encuentra en mitad del desierto de los Monegros entre Huesca y Zaragoza, carente de cualquier sigo de personalidad, atemporal, higienizada, alucinada, en donde hasta los emparedados de jamón duermen en una aureola patidifusa e impertérrita.  Así, la sensación de vagar semicongelado por un limbo atrincherado entre torretas de rosquillas, cajas de lazos de Junquera, vieras de Santiago y empanada de Móstoles se revive una y otra vez en todas las gasolineras de autopista, que hacen el agosto con todos los que tiene el cuerpo a medio camino entre un sitio y otro, y la mente en ninguno de ellos.

 

Otra característica del limbo de verano es que en él la realidad no pesa, el recuerdo de la rutina se diluye, uno se encuentra a medio camino entre el final de algo y el principio de lo siguiente, y ligero de equipaje, siente que se libera de la carga mientras sus maletas esperan amontonadas a que algo se decida o se resuelva, en el mismo estado de indeterminación que el que mira al cielo temiendo una granizada que eche a perder los tomates.

 

Siempre me han interesado esas situaciones indeterminadas, que vienen a ser la piel de los instantes, con cada una de las caras de lo que puede ocurrir a cada lado. En el limbo puedes vagar un mes o un año, o toda la eternidad, acostumbrado a la liviandad de no tener responsabilidad ni compromiso. Curiosamente, cuanto más hemos conseguido organizar el caos que nos rodea, más impredecibles, inesperados y cambiantes nos hemos vuelto, y cada vez nos atrae más vivir en ese estado de pender de un hilo. Quizá ese deseo que tenemos de cambiar de un sitio a otro sea precisamente una reacción al excesivo control que las sociedades modernas tienen sobre lo que ocurre.

 

Las carreteras, las cintas transportadoras, los museos abarrotados de turistas que nunca irían al museo de al lado de su casa, son los limbos por los que vagamos en verano. También es cierto que todos los lugares fueron un limbo antes de que alguien pusiera allí el primer mesón y la primera casa de alterne, que en la historia parecen ser sinónimos de vida y motivo de asentamiento, como ocurrió con muchos campamentos romanos que después dieron lugar a ciudades. Así, una tortilla de patata o un melón fresco abierto en dos puede disolver de golpe el limbo en el que nos movemos y convertir cualquier estación de servicio en un lugar con peso e historia que recordar, aunque esté en mitad del desierto.

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