
“De la ira que produce la soledad nacen actos estúpidos pero verdaderos. Ejemplo, respirar. Ella empieza así: mirar el techo, inflar el diafragma. Inflar inflar inflar. Tanto absorbe que los árboles apuntan sus orejas hacia el nuevo viento, que huele a humano y a dulce como el que avisa de lluvia sin severidad de amenaza.
Inspira ella y silba formando una horquilla con el dedo índice y pulgar en la boca. El nítido silbido se parece tanto a la palabra silbido en sí, que recuerda a una explicación sencilla de cómo se comenzó a jugar con los nombres. El silbido suena nítido, fascinante, y ella empieza segregar de nuevo hilo de la risa.
El oye el silbido y todo su cuerpo se tensa. ¡Por fin una señal clara y pura! Galopa corriendo.
A tí acudo, quieren decir sus ojos expectantes. Acudir a la llamada de alguien amado es un acto concreto, por el que jadear de júbilo y cansancio.
Ella está riendo todavía no sabe por qué. Él se satisface, se recrea en el mecanismo de biela-manivela, pistón, cilindro, cigüeñal, en la perfección mecánica de su carrera.
- ¡Yo corto las cebollas!, resuelven en voz alta, al unísono.
Así es como los amantes recuperan su cuerpo y su silencio.”
Poema incluido en el libro “Los amantes que no se dijeron el nombre”, próxima publicación en Colección Provincia, Diputación de León.